lunes, 2 de enero de 2012

La universidad cristiana

Enun anterior participación en este espacio señalabamos la enorme deuda que el cristianismo, especialmente el catolicismo tiene con la educación superior en México. Una educación que se ha significado por su elitismo y su favoritismo en favor de las clases privilegiadas de la sociedad que tienen capacidad de pago, aunque tal vez no tengan el interés, el compromiso  y la vocación por tener una educación universitaria . Una educación cuyo fin es otorgar patentes que permiten el ejercicio de una profesión, pero que se ha olvidado de la investigación seria, la difusión y especialmente el servicio a la sociedad. Una educación que, en síntesis, es más parte de los problemas del país, que de la solución a dichos problemas. Esto nos lleva  a la necesidad de plantear una verdadera reforma de fondo en el quehacer de las universidades privadas en manos de las distintas órdenes o congregaciones católicasLReorma que tiene que iniciar por el principio de la opción preferencial por los pobres y los desposeídos de nuestra sociedad, tal como Jesucristo lo hizo en su momento.Opción que significa otorgar una educación de calidad científica, técnica y moral a los jovenes para que mejoren de manera integral sus condiciones de existencia personal y comunitaria. Opción que significa abrir la puerta de las aulas, talleres, laboratorios, bibliotecas, centros de computo, a todos aquellos que tienen el interés de educarse y progresar independientemente de contar en el momento con los recursos para pagar colegiaturas de las universidades privadas. La universidad cristiana no puede ni debe seguir siendo una entidad elitista salvo el aspecto académico. No puede no debe ser clasista, ni debe discriminar a nadie por motivos de raza, étnia, color de piel, preferencias sexuales, género, edad, cultura u origen nacional. La universidad por su esencia misma debe estar abierta no solo a la universalidad del conocimiento, sino también a la pluralidad social. Gran parte del enriquecimiento intelectual y moral que puede dar la universidad a sus alumnos, profesores y personal de apoyo, se genera en las relaciones que los miembros de la comunidad pueden estableceer entre sí y con la sociedad a la que sirven. De ahí que reducir el acceso a quienes pueden pagar, a quienes pertenecen a los sectores privilegiados  no solo contraviene los principios evangélicos sino que también es un atentado a la sociedad, es crear barreras artificiales entre los seres humanos. La universidad cristiana debe ser  también un espacio de socialización, que permita romper las barreras del clase, la discriminación, el desprecio o la minusvaloración de los que por los motivos que sea, poseen menos. Lso pobres en la universidad cristiana no deben ser sólo objeto de estudio de investigación, sino sujetos de la acción universitaria, de la educación, de la producción de conocimientos, de la difusión de la ciencia, la tecnología y la cultura, del servicio social institcional. No hay pretexto para eludir la obligación de brindar educación superior de calidad a quien la solicite y tenga las capacidades y habilidades necesarias para tal efecto. No hay pretexto para atender a unos, los ricos y privilegiados, y descuidar y abandonar a los otros (pobres y desposeídos). No se pueden romper las barreras de clase, no se pude acabar con la lucha de clases, si se favorecen a unos y se excluyen a otros, si se les impide convivir en el mismo espacio universitario y recibir la misma calidad y nivel de formación profesional y moral. La universidad debe ser espacio privilegiado para igualar a los hombres y las oportunidades de crecimiento, desarrollo y progreso personales que acaben impactando positivamente a la sociedad.

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