El sexenio de Felipe Calderón no es un sexenio para el olvido, aunque muchos quisieramos olvidarlo. Es un sexenio para tenerlo presente muchos años más, no por los buenos recuerdos que nos ha dejado, sino justamente por lo contrario, por su cauda destructiva de sufrimiento, dolor. No hay que olvidarlo para evitar que algo así se repita. Calderón se va el primero de diciembre, pero quedarán en México las huellas de una batalla perdida contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, contra el abuso a los inmigrantes y en general, por una regresión en prácticamente todos asuntos de importancia nacional. Las estrategias fueron mal planeadas y peor ejecutadas. No se ponderaron adecuadamente ni las fuerzas propias ni las del enemigo; no se tomó en cuenta el grado de infiltración de la delincuencia en las instituciones públicas, ni la corrupción en el sistema de seguridad nacional. La guerra se ha perdido, porque no se pensó inteligentemente como afrontar los flagelos del narcotráfico y la delincuencia organizada. La lucha frontal fracasó porque sencillamente no era el camino idóneo para dar la batalla. Ciertamente no estaba mal luchar contra el tráfico y consumo de drogas, pero sí la manera tan equivocada en como se planteó la lucha. Y los resultados están a la vista, más de 60 mil muertos, a los que hay que sumar heridos, torturados, desaparecidos, desplazados, así como a las miles de familias que se vieron destrozadas. por tales hechos. La medicina resultó peor que la enfermedad y aun habiendo tomado la receta del medio yankee, hoy la salud de la nación es de pronóstico muy reservado. Y mientras los norteamericanos siguen felizmente consumiendo drogas, aquí, como en Colombia, hemos puesto a miles de muertos cuyos fallecimientos carecen del más mínimo sentido. Muertes inútiles que jamás debieron haber sucedido, sangre que jamás debió ser derramada y que desde fosas clandestinas aquí y allá clama justicia. Esas muertes, ninguna de ellas debe ser olvidada, pues fueron vidas truncadas por una actitud irreflexiva, impaciente y apresurada, nada serena, de quién por encabezar el gobierno federal y ser jefe del Estado, debía haber meditado y reflexionado seriamente sus decisiones, para haber tomado aquellas que hicieran el menor daño posible a la patria.
Al presidente que le siga en turno le toca la dura tarea de iniciar la reconstrucción del país, del tejido social, de sus estructuras. Le tocará atemperar los ánimos, reconciliar a los mexicanos; cerrar las heridas, pacificar a la nación, reestablecer la esperanza y moralizar la sociedad. Tareas nada fáciles, pero urgentes, en las que todos los mexicanos deberemos estar convocados a participar, pues no es tarea de un sólo hombre, ni de su equipo de gobierno solamente, sino de la sociedad en su conjunto. Ya no debe haber lugar para más violencia física o psíquica o simbólica, pues a la violencia no se le combate con más violencia 8por legítima que sea), pues eso nos hace complices del mal.
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