miércoles, 25 de enero de 2012

Estados Unidos deja de ser modelo a seguir para las demás naciones.

En América Latina hemos estado  acostumbrados durante muchos años, a creer que los Estados Unidos es el país perfecto, o por lo menos suficientemente bueno para ser seguido  e imitado. Es el país donde la clase media ha florecido como en ninguna otra parte, y también era el país en el que los ricos iban a pedir limosna en auto propio. Sin embargo, en los últimos años, especialmente el pasado y presente, nos están mostrando un país, que está muy lejos de ser la tierra de libertad, equidad y justicia, que todos nos imaginabamos. El día de ayer, el propio presidente Obama, en su tercer informe a la nación condenó el hecho de que 1% de la población norteamericana acapare el 30% de la riqueza, y que los más ricos paguen menos impuestos que el ciudadano promedio. Sin mencionar su nombre, el presidente Obama ser refirió al caso del precandidato republicano Mitt Romney quien hace unos días reconoció que ganaba al día un poco más que lo que gana en promedio un trabajador al año (alrededor de 55 mil dólares), y que pagaba el 14% de impuestos cuando la enorme mayoría del pueblo estadounidense para 33%.   Son datos que nos indican que los Estados Unidos mismo se han convertido en un país donde la brecha entre ricos y pobres crece día con día, y que, consecuentemente aquella imagen de nación modelo se está viniendo a pique rápidamente. De ahí el llamado del presidente Obama a llevar a las reformas económicas que permitan revertir ese notable proceso de deterioro. Y ahí la explicación del por qué de la existencia de los indignados, cuya protesta ha continuado contra viento y marea. Todos esto nos lleva  a la urgente necesidad de replantearse a fondo el modelo capitalista bajo el cual estamos viviendo a nivel global. No se trata de reformas en este o aquel país, es necesaria una reforma a fondo, global y sistémica,  que permita recuperar el crecimiento y el desarrollo, reducir las diferencias entre ricos y pobres,  repartir menor la riqueza generada, otorgar empleos de calidad bien remunerados y con seguridad social.  La concentración y centralización de la riqueza material y económica, y junto con ella, el acaparamiento de poder político, cada vez en menos manos, a cambio del empobrecimiento de millones de seres humanos, esta agudizando las contradicciones del sistema económico capitalista y está poniendo en jaque a la civilización occidental.  Desafortunadamente los ricos no parecen entender la gravedad de la situación, y al asumir posiciones ultraconservadoras, intransigentes, inflexibles, no hacen sino acelerar el proceso de deterioro del sistema. La dureza del corazón, la irracionalidad de su pensamiento, su  empeño egoísta en acumular más y más, por el simple hecho de hacerlo, la avaricia, la inhumanidad, están dándole al traste al mundo occidental tal como lo conocemos. Lo que nos puede conducir a una nueva época de oscurantismo y desorden social, vale decir, a la sofisticada dictadura del capital, de la que ellos. los  mismos, los ricos, serán (son) los primeros reos. Entonces la riqueza acabará invirtiéndose, como de hecho ya sucede, en bardas, alambradas, cuerpos de seguridad, policías, armamento, discursos amenazantes y represores, en cárceles, centros de concentración, es decir,  en violencia en todas sus formas y variantes, violencia ejercida contra las víctimas, contra los verdaderos generadores de la riqueza, es decir contra el trabajador, contra el desempleado y subempleado, contra el pobre y marginado. Dicho en otras palabras, mientras los ricos de este mundo ( y sus representantes como el FMI, BM, OCDE) persistan en sus actitudes y comportamientos individualistas, egoístas y mezquinos, acabarán provocando lo que quieren evitar.
Entonces no deberá extrañar la reaparición de proyectos sociales de  corte comunista, socialista o anarquistas y la aparición de otros nuevos de tipo contestatario y revolucionario. Cuando el pais que era ejemplo a seguir como modelo económico, político y social empieza a mostrar sus miserias internas, no queda sino replantearse el modelo de nación, de mundo y sociedad al que debemos aspirar. Pero en lugar de ver a quien tomar como nuevo modelo, debieramos ocuparnos en pensar desde nuestra propia historia y realidad actual un nuevo modelo, un nuevo proyecto de nación y sociedad, más justo, equitativo, incluyente, capaz de dar bienestar y prosperidad a sus miembros.  

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