viernes, 10 de agosto de 2012

Pinochet y Calderón

La dictadura encabezada por Augusto Pinochet en la república de Chile produjo 3,197 muertes o desparaciciones entre los años de 1973 y 1990, es decir, durante 17 años de gobierno dictatorial.
Como es bien sabido, Augusto Pinochet acabó recibiendo la condena de la opinión pública a nivel mundial, por la manera brutal y violenta con que depuso al legítimo presidente Salvador Allende y después reprimió al hermano pueblo chileno. No hay duda alguna que esas muertes y desapariciones lastimaron profundamente a la sociedad chilena. Hoy  el recuerdo de esos años de dictadura sigue siendo  muy dolorosa para ese pueblo y seguramente pasarán muchos años para que esas heridas cierren de manera definitiva. Si comparamos lo sucedido en Chile, con lo que hoy pasa en México, no podemos más que esperar que el juicio de los hombres y la historia condenen irremedianlemente a Felipe Calderón, en cuyo gobierno que está por finalizar, se reconocen alrededor de 80 mil muertes y más de un cuarto de millón de deaparecidos. El daño que Felipe Claderón le ha hecho a México es exremadamente severo y las heridas son muy grandes y profundas. Por más que hoy se empeñe en convencer a la opinión pública de que esas muertes en su mayoría se deben al enfrentamiento entre bandas y carteles de delincuentes, la verdad es que ha sido en gran medida una estrategia equivocada, mal pensada y peor implementada, la que ha provocado tal cantidad de muertos. Y de ello, el principal responsable es sin duda él, Felipe Calderón. En menos de 6 años, Calderón provocó casí 30 vces más muertes que en el régimen dictatorial pinochetista. Lo que habla no sólo del fracaso evidente de su estrategia sino de la profunda deshumanización de su gobierno. Por tal motivo, Claderón debe ser llamado a juicio político y penal y debe respoder ante todos los mexicanos por su responsabilidad en la tragedia que vive hoy México. Será un grave error que ante la magnitud de  l catástrofe, el gobierno entrante permita que Felipe Calderón se retire impunemente a su casa o aún peor se vaya a vivir al extranjero. Será un terrible erro que el PAN permita que Felipe Claderón siga interviniendo e influyendo en el destino de ese instituto político, si no quiere verse verdaderamente empapado de la sangre injustamente derramada de tantos mexicanos. Es pues del todo injustificado e imperonable que en un país que supuestamente vive en paz y en un régimen democrático sufra tal violencia a sus instituciones y ciudadanía.   

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