Cuando Felipe Calderón decidió lanzarse a esta guerra abierta y frontal contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, nunca calculó, por un lado el grado de incapacidad y corrupción de las fuerzas policiacas federales, estatales y municipales, preventivas y ministeriales. Lo que la llevaría a violar la Constitución, al llamara al frente de batalla al Ejército Méxicano y a la Armada de México.
Tampoco calculó el enorme desgaste que las fuerzas de seguridad sufrirían a lo largo de los pasados 6 años de su gobierno, al grado tal que instituciones tan sólidas y admiradas pomo el Ejército y la Armada sufren de un creciente desprestigio, y muchas veces generan más bien desconfianza, lo que es sin duda muy lamentable. Pero lo peor de todo, en lo que menos pensó Don Felipe, fue en el alto grado de descomposición social a que daría lugar su guerrita. Sí, en efecto, la sociedad mexicana se encuentra en un alto grado de descomposición y el entramado social ha tendido a debilitarse. La desesperanza y la desmoralización han hecho presa a una gran cantidad de conciudadanos, de tal manera que aun la delincuencia común se ha vuelto más violenta y brutal. Pero no sólo ellos, la gran lección que ha dejado Calderón, es la de que los problemas de cualquier tipo y gravedad se arreglan a golpes o balazos, ya sea en el hogar, la oficina, la cancha deportiva o la calle. Y gran parte de la ciudadanía, a todos los niveles sociales, de todas las clases, ha aprendido que el diálogo y la tolerancia pueden muy bien ser sustituídos con por la intolerancia, la violencia, la represión. A Calderón le ha ayudado mucho a generar este clima de agresividad, violencia y sosobra, los medios masivos de comunicación, de manera muy especial la televisión abierta y restringida, que recrea y hace una y otra vez apología de la violencia a través de las series policíacas importadas y las telenovelas de factura nacional. Alguna vez, no hace mucho TV Azteca para acusar al gobierno de no poder controlar la violencia, montaba un supuesto asalto en el metro. Por si no fuera poco, la Iglesia o más bien las Iglesias han demostrado hasta el cansancio la incapacidad para moralizar a la sociedad, por lo que ésta se ha encontrado por demás vulnerable y hasta indefensa frente a los ataques de la propaganda y la publicidad mediática y los programas que la televisión proyecta día con día. De la Iglesia católica como de otras iglesias y sectas han surgido posiciones intransigentes, autoritarias, más bien producto de su miedo y su incapacidad para llevar su mensaje de paz a una sociedad urgida de orientación y guía. Es así que nos encontramos con un deterioro generalizado de las relaciones sociales cuyas consecuencias son impredecibles, pero que ciertamente han puesto a la nación en una posición de debilidad y fragilidad. Felipe Calderón y sus asesores, no se si no pudieron o no quisieron ver esta situación. Si Enrique Peña Nieto, continua con la misma estrategia o alguna muy parecida en la que se privilegie la violencia, difícilmente podrán reconstruirse las relaciones sociales y el daño que se cause puede ser irreversible o habrán de pasar muchos sexenios para que el país pueda vivir en paz, en esa verdadera paz que es mucho más que ausencia de violencia. Como tantos pensadores, intelectuales y humanistas han sostenido a lo largo de la historia, la guerra no trae sino más guerra, más sangre derramada, más muertos, más familias y comunidades destrozadas; más odios, más rencores, más deseos de venganza. Eso Felipe Calderón nunca lo supo, porque nunca quizo escuchar otro discurso que no fuera el suyo propio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario