La separación de la Iglesia y el Estado es un tema que se ha vedido discutiendo desde el siglo XIX hasta nuestros días en México. Es un tema difícil y complicado que en diversos momentos de nuestra historia ha salido a colación. A difrenencia de muchas otras naciones de nuestro continente en donde el cristianismo católico es religión oficial, en México se ha buscado construir un Estado laico, pues para muchos mexicanos (aun creyentes), como a quien esto escribe, les parece correcto que el Estado no tenga filiación religiosas alguna, pues así puede servir mejor tanto a los creyentes de diferentes religiones, como a agnósticos y quienes se reconocen como ateos. Sin embargo existe otro grupo de mexicanos para quienes el crsitianismo católico deviera ser religión oficial del Estado, pues creen que de esa manera podrían caminar mejor las cosas para la sociedad mexicana. Es un grupo que desearía la intervención de la Iglesia católica en asuntos políticos y en campos como la educación, especialmente en el ámbito de la formación moral. Olvidan que el Vaticano es un Estado nación independiente, reconocido mundialmente, y que de permitirse la intromisión de la Iglesia en asuntos políticos, económicos y socioculturales, se estaría de facto permitiendo la intervención de un Estado extranjero en los asuntos internos de México. Muchos creemos que a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, después de todo Jesús dijo también que su reino no era de este mundo. Preferimos un Estado que resguarde la libertad de creencia de los ciudadanos, no importa que creencia sea ésta, a que el Estado tomando partido, convierta esas ideas, principios, teorías y valores en creencias obligatorias para todos los ciudadanos. Creemos que el estado debe crear condiciones de igualdad para todas las creencias y no otorgar un privilegio exclusivo a sólo una religión e Iglesia. Y cremos que hay que apostar por un esquema moral laico aplicable a todos los ciudadanos, con independencia y respeto a las creencias personales o grupales, que imponer una visión única del mundo por buena que esta sea. Un país con una pluralidad de razas, etnias, culturas y religiones, necesita de un Estado que garantice y cuide de cada una de ellas como parte del patrimonio histórico y cultural de la nación y su sociedad, sin privilegios exclusivos para ninguna de ellas. Y finalmente, es nuestra opinión, que a partir de la laicidad del Estado todas las crencias religiosas y las Iglesias pueden crecer y desarrollarse y ganarse por la vía del convencimiento a sus adeptos, y no por el camino de la obligatoriedad impuesta por la fuerza.
En el caso de la educación moral que quiere imponer el sector conservador en las escuelas públicas y privadas laícas, habría que recordarles, como decíamos hace sólo unos momentos, que la moral no se impone; no se es bueno a la fuerza, eso debe quedar al libre albedrío del ciudadano, a su elección soberana. Si alguien quiere educación religiosa para sus hijos(as) las Iglesias (y el hogar) deben proporcionárselas, por cierto, de manera gratuita. Es su derecho. No hay problema en que existan escuelas, cursos de religión y moral, pero la asistencia a esas escuelas y cursos debe ser libre y voluntaria. Debe nacer de un interés y una necesidad interiores de cada persona.
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