lunes, 26 de diciembre de 2011

Educación católica: la gran deuda con México

Cuando finalmente triunfó la Revolución Méxicana y se logró establecer las bases para un sistema educativo nacional fundmentado en un régimen público, laico y gratuito, los sectores más conservadores del país, descontentos con ese modelo educativo, recirrieron a la Iglesia católica para que trajera a México las Ordenes y Congregaciones que fundarán escuelas privadas donde se diera educación religiosa acorde a sus creencias católicas conservadoras. Esto trajo que se fundaran una serie de escuelas, colegios, y univeridades que además de su claro carácter conservador, se distinguieron por su elitismo socioeconómico, que discriminaba a la población de sectores medios y bajos, especialmente a los últimos. Con el paso del tiempo, varias de esas Órdenes religiosas fundaron escuelas para los sectores menos favorecidos de la sociedad, pero lo hicieron de tal manera que quedaran separados los ricos de los pobres, en abierta contradicción con los principios evangélicos, pero muy de acuerdo con los valores de los poderosos que quienes los habían invitado a instalarse en suelo nacional. Entonces, la educación católica no sólo reprodujo el modelo de educación clasista sino que lo fementó, convirtiendose en agentes productores de inequidad, injusticia y falta de solidaridad para el prójimo desposeído. La educación católica lejos de ayudar a resolver la problemática educativa del país, ahondó en ella. Así las cosas, la Iglesia católica adquirió una gran deuda educativa con el pueblo mexicano que no parece querer pagar a corto o mediano plazo. Deuda que crece día a día emperorando la situación del país.
Al lado del sistema educativo nacional, público, laíco y gratuito, la Iglesia debiera construir un subsistema educativo que cumpla con los principios evangélicos y que, por lo tanto, llegue a todas las clases sociales, pero de manera muy particular a las clases desposeídas. La Iglesia tiene que romper con ese modelo excluyente y separatista, que no permite que ricos, pobres y grupos medios compartan las mismas aulas, talleres, laboratorios, profesores, bibliotecas y cafeterías. No corresponde a la Iglesia reproducir las diferencias sociales sino, por el contrario ayudar a borrarlas, o por lo menos a hacerlas mucho menos dramáticas, duras, groseras, antihumanas, y que mejor que la educación para esa tarea de generar fraternidad, solidaridad y corresponsabilidad entre los alumnos. No se puede pretender resolver los problemas educativos y sociales de la sociedad, separando, excluyendo, marginando, dando una educación diferenciada a unos y otros. No se puede y no se debe educar a unos en un lugar y a los otros en otro. Todos, pobres y ricos merecen la misma calidad educativa, la misma igualdad de oportunidades, el acceso indiferenciado a los mismos recursos y apoyos educativos. Y la Iglesia traiciona su misión, sus valores y sus principios, al seguir el mandato de los ricos en lugar del mensaje evangélico que le fue  dado por su Dios.  "Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios:" (Hecchos, 4:19).  Atender a los pobres y desposeídos, darles una educación de calidad, como una oportunidad de salir adelante en la vida, es una obligación primaria de la Iglesia católica, no una opción por la que se pueda o no optar. No hay que olvidar que como lo dijo San Vicente de Paul, los pobres son los que nos dan de comer y, por lo tanto, "son nuestros amos y señores:"

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