Hace unos días, el canal 11 de televisión, perteneciente al Instituto Politécnico Nacional (IPN) presentó un programa sobre la historia del cristianismo en sus primeros siglos de existencia. En el programa se decía que una de las características de los cristianos, además de defender su fe religiosa con gran celo frente a las persecuciones de las autoridades del imperio romano, era su solidaridad con todos los que atravesaban un mal momento en sus vidas, ya fuera espiritual, material, económico, etc. Ayudaban por igual a los cristianos que a los no cristianos y así se ganaron el favor y la buena voluntad de mucha gente. Cuando posteriormente el cristianismo fue aceptada como la religión oficial del Imperio, por parte del emperador Constantino, mucho de esa solidaridad y apoyo a los necesitados y desprotegidos se empezó a perder, pues los cristianos ya no eran perseguidos, ni apresados, ni torturados, ni asesinados. Roma salió ganando con esa oficialización del cristianismo, pero éste último salió perdiendo. Muchos siglos después hoy nos encontramos con que para muchos cristianos, especialmente católicos, ese celo por apoyar al prójimo se ha perdido. Varias veces he oído a católicos quejarse amargamente de que ciertas iglesias evangélicas y protestantes, ganan adeptos, pues ayudan a la gente, dándoles de comer, o consiguiéndoles un techo bajo el cual dormir, o los ayudan a conseguir trabajo, y eso lo ven mal. Esos católicos ya olvidaron lo que las primeras comunidades cristianas clandestinas y marginales hacían, que era preocuparse por ganar almas tratando de resolver las problemáticas reales de cada persona que se acercaba a ellos. Se han olvidado que la práctica religiosa va unida a la solución de los problemas y necesidades de este mundo, si no, se convierte en predica muerta, vacía y sin sentido. Cierto que no todos los católicos actúan así, pero muchos sí, y se sorprenden de que ser seguidores de Cristo implique ser solidarios y apoyadores de los necesitados, hacerse corresponsables de los que sufren y padecen por enfermedades, falta de empleo, violencia intrafamiliar, delincuencia, etc. Creen equivocadamente que eso era de tiempos antigüos, no un asunto presente. Cristo dijo que si no le creían a él por sus palabras, lo hicieran por sus obras, con lo que indicaba claramente que el cristiano está llamado a la acción decidida para mejorar en la medida de sus posibilidades por lo menos a aquellos que están en su entorno inmediato. Comento esto porque a la luz de la profunda crisis por la que atraviesa México, de violencia, inseguridad, de pobreza económica y material, de falta de educación, uno de los primeros grupos llamados a actuar en favor de una sociedad más justa, equitativa y armónica, son los cristianos más allá de denominaciones y divisiones internas. Si algo se puede hacer por este país desde la religión cristiana, es recuperar ese afán de ayuda, esa preocupación solidaria por los demás, esa corrsponsabilidad por el destino de millones de seres humanos amedrentados y atemorizados, que también han caído en un vacío moral y en la desesperanza. Así lo hacían aquellas primeras comunidades cristianas, perseguidas y combatidas, pero llenas de fe, esperanza y caridad.
No basta pues, en estos tiempos con ir a misa o el servicio religioso, o dar la limosna y el diezmo, hay que ir al encuentro del necesitado sea o no cristiano, se convierta o no al cristianismo en cualquiera de sus vertientes. Pues hay que reducir la violencia, el odio, el resentimiento, la desesperanza que hoy nos agobian, la explotación brutal económica, la imposición política disfrazada de democracia también. El cristiano no puede pretender ser ajeno a este mundo y a su realidad lacerante, muy por el contrario, debe participar de ella buscando sí salvar almas, pero también aliviando las necesidades materiales de este mundo. Un cristiano debe ir más allá de las diferencias de clase y de los prejuicios sociales, no se puede dar el lujo de permanecer comodamente aislado de la sociedad fingiendo que nada pasa y que si algo sucede no es su responsabilidad. Cristo no lo hizo, sus seguidores tampoco deben hacerlo. Si como dice la Biblia y la predica, Jesús murió por cada uno de los seres humanos, no es admisible que el cristiano de hoy abandone su responsabilidad y su llamando a ser solidario con el prójimo. En un país donde casí el 83.5% de la población es católica y alrededor del 10% evangélica protestante, no pueden existir tanta violencia, delincuencia y corrupción, sin no es reconociendo el fracaso en la evangelización y la conversión, y el fallo en convencer a la gente que la vía cristiana es el mejor camino para una vida plena y satisfactoria. Esto es especialmente cierto para el catolicismo que fue la primera forma de cristianismo llegada a América. Así que este es un momento para una seria y profunda reflexión sobre el cómo se han hecho las cosas y sobre cómo afrontar el presente y el futuro venidero, pues los resultados no son precisamente alagüeños. Reflexión no sólo de las autoridades religiosas, de sacerdotes, monjas o pastores y ministros, no sólo de teólogos y académicos, sino de los creyentes en general. Hecha la misma hay que ponerse en acción decidida, solidaria y corresponsablemente. El prójimo espera una respuesta rápida, eficaz de quienes se autodefinen como seguidores y discípulos de Cristo. Es momento en que la inercia que se viene acarreando desde tiempos de Constantino se deje de lado. Los pobres, los necesitados, los enfermos, los marginados así lo demandan con toda razón. No hay mejor predica que la acción ejemplar. Y muchos creyentes y no creyentes esperamos ese ejemplo práctico.
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