Sin duda alguna el mal de nuestro tiempo es la corrupción generalizada que hoy corroe nuestra sociedad. El diccionario define a la corrupción, como la acción de viciar o pervertir algo, de, en suma, hecharlo a perder. Y ciertamente es lo que de muy distintas maneras y formas nos ha venido sucediendo prácticamente desde la Colonia hasta nuestros días. Pero tal vez, en gran medida debido a los modernos medios de comunicación, este mal endémico se ha hecho más evidente y ha alcanzado grados superlativos de crecimiento en la sociedad. Es el eje sobre el cual se apoyan todas las formas de delincuencia, desde las más sencillas hasta las más complejas y sofisticadas. Desde el robo hormiga de mercancías en un supermercado o el robo de papelería en una oficina, hasta los grandes fraudes financieros o el tráfico ilegal de personas, bienes, armas o drogas. Varios parecen seer los factores que han propiciado ese gran desarrollo de la corrupción en nuestro país. En primer lugar, el establecimiento de un Estado colonial cuyo "orden" se nos impuso a la fuerza, y frente al cual la corrupción es una forma de respuesta opositora de parte de los subordinados, quienes buscan escapar al control de ese Estado cuya legitimidad y legalidad niegan; y, por otro lado, en una forma de explotación de la ciudadanía de parte de las autoridades que consideran su puesto público como una propiedad de la que pueden disponer a discreción. En segundo término, una mentalidad colonial que veía al estado novohispano primero, y después a la República independiente como un botín para ser saqueado, actitud que aun persiste en gran parte de los funcionarios y empleados públicos; lo que no es de alguien en particular, es de todos, y por lo tanto un objeto de apropiación a la buena o a la mala por parte de quien tenga acceso a dicho objeto en un momento y situación determinados. En tercer puesto, una mentalidad egoísta y mezquina, que además de considerar los bienes públicos como botín, no busca sino su beneficio inmediato, sin la menor consideración de los daños a largo plazo que produce su actitud, y sin la menor solidaridad para con la sociedad, de la cual no se siente parte debido a un individualismo extremo y mal entendido, totalmente contrario a lo que las filosofías que han defendido el individualismo (como realización plena de la persona) han propuesto. En cuarto sitio, está en últimos tiempos ael afán de lucro continuamente promovido y alentado por los medios de comunicación masiva. Afán que no tiene fin, ni medida, ni contención alguna; consumir, consumir, consumir, esto o aquello, pero siempre más, hasta los excesos, hasta la saturación, hasta el agotamiento de fuerzas y recursos, por que en esta sociedad la felicidad y la realización humana se identifican con el lucro, el consumo, y la posesión de "bienes" de todo tipo, ante una insatisfacción y frustración, que producen un sentimiento de vacío cada vez mayor y más hondo. El único límite a esos afanes conumistas y depredadores, lo establece la muerte el día que llegua aunque el individuo espera que esee día nunca llegue, y los medios masivos lo invitan a olvidarese de la misma, pues es del todo contraria a las finalidades de una vida hedonista y consumista, pues, ¿quién puede consumir ya muerto?
Así, la corrupción es el producto de esa situación anómica en que debido a la fuerza con que se han impuesto ciertas normas socicoculturales y a la imposibilidad de acceder a ellas por las vías legales y legítimas (por ejemplo por bajos salarios o por desempleo) ; el individuo totalmente convencido de su validez universal y particular (para su caso) se ve, por así decirlo, obligado a conseguir esas metas socioculturalmente impuestas a la buena o a la mala. Y es cuando la corrupción aparece y florece cual frondoso árbol, que expande sus ramas y raíces por toda la sociedad, hasta llegar a los grados que hoy podemos observar a simple vista en cualquier parte, sean espacios públicos, organismos públicos, empresas privadas o asociaciones civiles de supuesto interés social. Todos se han convertido en oportunidades para el ejercicoio de todo tipo de corruptelas.
En tal situación, lo que se requiere en verdad es una verdadera revolución cultural que cambie de manera radical la manera de entender el mundo y la sociedad, y la vida propia (biografía personal) inmersa en ese mundo. Eso incluye necesariamente una reforma del Estado, que realmente lo legitime a los ojos de la sociedad y del ciudadano, un Estado que se entienda como una organización macrosocial cuys reglas son aceptadas no sólo formalmente sino también en los niveles de la legitimidad y lo afectivo. El Estado, y especialmente su gobierno, tienen que dejar de verse como una imposición de origen incierto, como entes ajenos y distantes a la vida personal de los ciudadanos. Un Estado en que lo público y lo social dejen de verse como no lugares, es decir, como espacios que son tierra de nadie, de la que no hay responsables, y que están allí solamente para la apropiación privada ilegítima, o como decimos en México, para el "agandalle", del más "vivo", el más audaz, más aventado, o sea, el más corrupto.
El problema de la corrupción no se va a resolver entonces con meter a los corruptos a la cárcel, esos microespacios que acaban magnificando los vicios y la degradación humanas. Se resoleverá en gran parte, en la refundación de un Estado moderno legal legítimo producto de un pacto social acordado y consensuado; con un sistema económico que genere crecimiento y desarrollo sin explotación despiadada y salvaje del trabajador y el empleado. Y sin que los medios masivos de comunicación pormuevan únicamente el hedonismo, y el individualismo entendido como egoísmo miope y mezquino. Y ni que decir sobre la necesidad de una moralidad y espiritualidad laicas que rescaten lo mejor de los valores humanos que se han manifestado a lo largo de la historia humana en las religiones y filosofías.
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