El proceso electoral del pasado primero de julio se ha visto empañado por las denuncia que ha hecho Andrés López Obrador y otros movimientos sociales, respecto a la compra masiva de votos, previo a la elección. Por testimonios recibidos por su servidor de gente de la ciudadanía, tal compra sí se llevó a cabo desafortunadamente. Lo difícl será poder comprobarlo en muchos de los casos, si la propia gente no está dispuesta a denunciar ante las autoridades correpondientes (FEPADE) esos lamentables hechos.
Como era de esperarse, la mayoría de los medios masivos de comunicación están tratando de desviar la atención hacia la figura de Andrés López Obrador, acusándolo una vez má de alborotador y de romper el pacto de civilidad. Dsafortunadamente, aunque él es uno de los principales denunciantes, además del movimiento estudiantil de"Yo soy 132" o "Anonimus", el problema no son ellos, sino quienes se decicaron a la compra de votos y quienes, por pobreza económica y moral, se prestaron a dicha maniobra sucia y desleal. Es parte de nuestra cultura, enojarse con los denunciantes y denigrarlos, como si cometieran delito o pecado alguno, como si hicieran un mal a la nación por denunciar prácticas tan insultantes y antidemocráticas como la compra de votos. En cambio a los verdaderos culpables se le oculta y creo que vale decir, hasta se les perdona el "pecadillo" como si fuera una falta menor. Se cree que con eso se mantiene la tan mentada estabilidad social, cuando lo que sucede es justo lo contrario.
Así que el prooblema no es López Obrador, o los 132, o Anonimus, o cualquier otro denunciante, el problema es esa cultura que cuida y premia a los delincuentes, y que se conforma abyectamente con lo que los políticos les dicen.
México es un país en donde toda disidencia es mal vista, es reprobada y castigada, por tanto no debe de extrañarnos, que gran parte de la ciudadanía a pesar de saber que se cometió el delito de la compra de votos, se ponga del lado de los delincuentes y en contra de los denunciantes. Esa es parte de la problemática psicocultural que vive nuestro pueblo. Es una expresión del irracional conservadurismo del ciudadano común y corriente, apático, pero sobre todo conformista y sin sentido de honor ni dignidad. Ese mexicano que no ve más allá de sus intereses pariculares, y es incapaz de la mínima de las solidaridades, mucho menos lo es de ver por el futuro propio, de sus familias, de su sociedad y país. Son los mexicano que creen que hay que aferrarse al presente y al pasado, sin darse cuenta que la vida fluye y se mueve y cambia muy a su pesar en todos los aspectos. Los mexicanos se aferran a la corrupción, como un mecanismo de supervivencia, pues a apesar de su alto costo, permite sobrevivir aun en un estado deplorable. En un estado de derecho, piensan, eso es psible, cuando la cuestión sería al revés, si ese estado de derecho no tendiera a beneficiar a unos cuantos poderosos a costa de la gran mayoría.
Así la scosas, siendo dinceros, pocas posibilidades hay de que las demandas y protestas fructifiquen y haya un cambio verdadero que redefina el camino de nuestra sociedad. L misma sociedad consciente o inconscientemente se niega a cambiar, aferrada a la roca del presente, sin darse cuenta que esa piedra se ha venido desgastando y pronto no existirá más.
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