A últimas fechas se ha desatado una intensa campaña mediática con el fin de resaltar las supuestas obras y acciones del gobierno de Felipe Calderón en favor del pueblo mexicano. Se habla de atención a la salud, carreteras, empleo, debilitamiento de la delincuencia organizada, etc. Con esa campaña se ha tratado de cambiar la negativa imagen que se creó el propio presidente Felipe Calderón. Pero millones de spots propagandísticos y publicitarios no pueden ocultar la cruda realidad. Si por algo se significó el régimen calderonista fue por su intransigencia, su violencia, su muerte. Esa muerte que considerada de la manera más conservadora y benévola supone más de 60 mil muertos, que son muchos más que los que muchas guerras civiles han provocado. Se entiende que Calderón trate de limpiar su imagen, pero ese esfuerzo multimillonario apoyado por los medios de comunicación electrónicos, que hoy nos abruma, no puede evitar que la gente tenga su propia opinión al respecto, y esa es que el sexenio de Felipe Calderón está inequivocamente marcado con los signos diabólicos de la muerte, el abuso, la tortura, la ilegalidad, la prepotencia, la soberbia, la infamia.
Todos los medios de comunicación electrónica juntos no pueden ni podrán ocultar ese sol bañado en sangre. Tarde que temprano, Calderón tendrá que enfrentar la justicia y el juicio de la historia, de los hombres y mujeres rectos que reclamen la verdad sobre el genocidio calderonista. Calderón podrá librarse por lo pronto de ese juicio, pero no por mucho tiempo, la sangre de esos 60 mil muertos, el dolor de sus familiares y amigos, el sufrimiento de millones que él provocó no puede ni debe quedar impune. Como tampoco el contubernio del Parido Acción Nacional que lo encumbré en el poder y no supo ser crítico con el presidente y sus muy cuestionables acciones. La verdad del genocidio calderonista es incuestionable.
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