En las últimas semanas, y más precisamente esta semana santa, he tenido la oportunidad de darme cuenta que estamos en medio de una verdadera guerra entre el dios judeocrsitiano y el dios mamón, es decir, el dinero. Dicho en palabras más actuales, el capitalismo. Esta guerra parece irla perdiendo claramente el cristianismo, baste ver los templos semi vacíos y ahora, en plena semana santa, el predominio de los intereses mercantiles, del consumismo y el hedonismo y lo turístico, por sobre lo religioso. El pasado jueves santo y no menos el día de ayer, el centro de la ciudad de México, se encontraba atiborrado de personas y autos. Todas las tiendas abiertas y los comercios haciendo sus negocios en días, que cuando yo era niño, eran "días de guardar", de visitar templos, de meditar sobre nuestras propias vidas, y la importancia y trascendencia de la muerte y resurrección de Cristo en nuestras vidas. Pero hoy no es así, primero es ir a la playa -por artificial que sea- a comer, a la disco, a los grandes centros comerciales, a divertirse, a obtener placer y satisfacción. El dios que dio su vida por cada ser humano va quedando en el olvido, salvo cuando se convierte también en mercancía y en fetiche. El dios mamón afirma y reafirma su poder convocando a millones de seres humanos para que consuman cualquier clase de productos, para que a manera de ofrenda a él, gasten su poco dinero, aún el que no tienen y para que, posteriormente, sufran, también a nombre de él, la resaca de las deudas, del hambre, de la desesperación, de la angustia, justos castigos a la irracionalidad consumista humana.
Lo bueno es que este dios, don dinero, al poco tiempo nos ofrecerá una nueva oportunidad para el goce y satisfacción mediante el consumo inmoderado de lo que sea. Y el ciclo de felicidad sufrimiento se repetirá una vez más. Es frente a este dios, que Jehovah lleva todas las de perder. No es porque sus fieles se cambien de denominación religiosa, es porque han optado por esa nueva religión secular que les ofrece mamón, donde todo es alegría, colores llamativos, luces brillantes, moda, prestigio, glamour, detrás de los cuales se oculta disfrazada la miseria humana. Específicamente el catolicismo no pierde fieles porque se vayan a las iglesias protestantes, pentecostales o evangélicas, o se vayan al Islam, sino porque se adhieren fervorosos al capitalismo, a su fantasía, a su magia envaucadora de almas. Su fe, no es ya Cristo resucitado, sino el dinero que nunca muere. Su esperanza no es el mesías salvador y peronador que ofrece vida eterna, sino el mesías del aquí y el ahora, del consumo superfluo y banal de objetos materiales fetichizados. El dios de la satisfacción inmediata, del gozo y el hedonismo, de la diversión y el etretenimiento. El dios de la amargura cuando no se tiene para cosumir, para estar a la moda, para mostar status y adquirir prestigio.
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