Enrique Peña Nieto, candidato del PRI a la presidencia de la República, sigue negándose a asistir al debate organizado por el movimiento estudiantil "Yo Soy 132", que se celebrará mañana en las instalaciones de la Comisión de Derechos Humando del Distrito Federal. Se trata de una jugada muy arriesgada por parte del candidato tricolor. Por una parte puede ser entendida como una señal de intolerancia; por otra, como un reconocimiento tácito de los lazos que lo unen a la televisora de Chapultepec 18. También demuestra el miedo del candidato a un diálogo franco y abierto con los estudiantes que lo han cuestionado severamente. Lo que dice mucho de la incapacidad de Peña Nieto para confrontar a los ciudadanos en un formato no arreglado a su conveniencia previamente. En todos los casos, la inasistencia no hace sino sumar puntos en su contra. Quedarse encerrado en el confortable círculo de sus amigos y protectores, no le hace ningún bien a él mismo. Y si da clara señal de que Don Enrique gobernará a puertas cerradas, protegido por los muros de la casa presidencial de Los Pinos, alejado del pueblo, de la ciudadanía, de la realidad nacional. Desde esa postura cobarde, poco se puede esperar del supuesto futuro presidente de la nación. México requiere hoy de un verdadero estadista, y Peña Nieto, nos demuestra no serlo. Más bien parece ser un personaje ávido de poder, pero poco interesado en la realidad de la nación que dice querer gobernar.
Y si el Señor Peña piensa que puede gobernar únicamente con la información que le den las televisoras y sus más cercanos colaboradores y lacayos, se equivoca rotundamente. Un verdadero estadista no le teme a confrontar a quienes piensan diferente a él; no le asusta la diversidad y no la ve como un peligro a sus intereses, ve más bien una fuente de enriquecimiento para hacer el mejor gobierno posible. Pero tal parece que peña Nieto, es precisamente nieto de los Borbones que decían gobernar para el pueblo, pero sin el pueblo. La promesa más auténtica y verdadera de Peña Nieto es justamente esa, y sabemos que gobernar supuestamente para el pueblo, pero sin éste, no conduce sino a errores y fracasos. Si el candidato priísta no asiste al debate, lleva todas las de perder, aun en el caso de que gane la elección, pues sencillamente encerrado en su oficina, viendo el canal de las estrellas, al lado de su gaviota, no podrá gobernar sino un país que existe en su imaginación. Y si las cosas suceden así, el fracaso está más que garantizado. Y esos significará mayores desgracias y penalidades para el pueblo mexicano, ya de por si agobiado por la crisis que ha provocado Felipe Calderón debido a su ineptitud y corrupción. Consecuentemente, es mucho más lo que perderá Peña Nieto al no asistir al debate con los 132, que ir a recibir críticas, por feroces que estas sean.
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