A Mariel
El día de ayer, murió una persona muy querida para mi. Como suele suceder en estos casos, hay una gran tristeza, máxime cuando se trataba de una mujer en la plenitud de la vida, llena de esperanzas, desos, sueños y anhelos; también con una gran e vitalidad, pero sobre todo sobre todo, con muchas ganas de vivir a plenitud. Uno no alcanza a comprender como una persona así puede sufrir un infarto y a consecuencia del mismo morir al poco tiempo. Así, vuelven a surgir en la mente las preguntas más básicas y elementales, pero también las más produndas, sobre el sentido de la existencia y de la muerte. ¿Para qué vivimos? ¿por qué envejecemos? ¿por qué morimos? ¿existe algo depués de esta vida, qué es y cómo es? Nos hacemos las preguntas que tanto filósofos como teólogos, y los seres humanos se hacen cuando se acerca la hora de morir o cuando alguien amado fallece. Y no hay respuestas definitivas, contundentes que dar, sólo especulaciones basadas en la fe, la buena voluntad, el misticismo y hasta el sentido común. La ciencia poco o nada ha aportado al respecto, así que todo queda en un terreno de la fe, la creencia y las convicciones morales. Sin embargo la muerte está aquí acompañandonos permanentemente, como parte de la naturaleza misma. Auque se le trata de evitar aun como tema de conversación sigue presente. En nuestra cultura occidentalizada, la muerte se ha convertido en el tabú. No se habla de ella y se trata de evitar a toda costa, no se si porque los ociidentales hemos creado un modo de vida altamente artificial que nos separa en gran parte del mundo natural, o porque se ha creeado una cultura de adoración por el hedonismo, la belleza, la juventud, o porque se piensa en el progreso siempre lineal y cada vez más acelerado, o quizá porque gracias a la mejora en la nutrición humana y la medicación, la esperanza de vida para los seres humanos se ha acrecentado sustancialmente. Lo cierto es que a la muerte se le mira como un fatídico accidente, como una anormalidad que contradice las ideas de felicidad, juventud, belleza, progreso a las que hacíamos referencia anteriormente. Y por eso molesta, desgrada y hasta disgusta e intimida.
Sí, la muerte da miedo, aterroriza, porque hemos dejado de verla, como muchas culturas milenarias, como algo tan normal y natural, como la propia vida. Y en nuestras sociedades occidentalizadas, debieramos hacer un esfuerzo por recuperar esa visión natural de la muerte, pues tal vez no sólo nos ayudaría a morir más en paz y tranquilos, sino a vivir también más en paz con nostros mismos y con los demás. Hay que aceptar que la muerte es parte de la naturaleza; vida y muerte no son sino dos caras de la misma moneda, dos faces de la existencia. Y nos e hasta donde, esa consciencia de la muerte y su inevitabilidad, nos ayudaría a vivir mejor, más y mejor, sabiendo que es parte del proceso contínuo de renovación de todo cuanto existe, incluyéndonos de manera muy particular, pues como humanos tenemos consciencia de que existimos y de que en algún momento moriremos.
Nacer, vivir un determinado periódo de tiempo y morir, son procesos que nos igualan a todos, hombres y mujeres, blancoa y negros, latinos y anglosajones, bonitos y feos, altos y chaparros. Tener consciencia de ello, tal vez nos ayudaría a vivir una vida más justa, equilibrada, sana, tanto como individuos, como colectividades y sociedad completa. Y si además supieramos que nada nos vamos a llevar al morir, ni nuestro poder político, ni nuestra riqueza material y monetaria, ni nuestros diplomas, reonocimientos y aplauos o rechiflas, tal vez seríamos menos dados a despreciar, discriminar u oprimir al prójimo y más proclives a ayudarlo y apoyarlo. Después de todo, reyes y mendigos, todos seguimos el mismo camino inevitable.
Tal vez sería propicio que en nuestra educación formal y en los procesos de socialización y educación informal se nos recordara esta verdad incuestionable, tarde o temprano hemos de enfrentar la muerte y hay que hacerlo con toda naturalidad y normalidad.
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