En un país que intenta por lo menos vivir dentro de un régimen democrático, lo menos que le puede pedir uno a los políticos es, por una parte, un conocimiento lo más cercano a la realidad política, económica y sociocultural; una idea clara de lo que ha sido la historia del país y; un conocimiento de las principales teorías políticas que se han creado a lo largo de la historia de la cultura occidental. Si conocen o no a novelistas, poetas, músicos y demás representantes del arte y la cultura, es hasta cierto punto secundario, pero no algo que se deba despreciar. Entre más culto y preparado sea un político, más posibilidades hay de que sea sensible a la realidad que le rodea, a sus problemas, a sus injusticias. Y dije posibilidades porque ser culto no significa automáticamente que habrá una preocupación genuina por los pobres y los marginados, por las mujeres, los niños o los ancianos, etc. Pero uno habría de esperar que por lo menos en parte de la clase política existiera esa sensibilidad para captar y entender el pensar popular, para distinguir sus problemas,para atender a sus necesidades. Y entre más inculto se sea, menos posibilidades habrá de que esto suceda, porque después de captar y percibir esos pensamientos, esos problemas, y necesidades, se requiere de un análisis crítico y de una reflexión que requieren, sin duda, de una preparación intelectual sólida. Cuestión que salvo raras excepciones muy notables, no se da en nuestra clase política. De ahí tantos desatinos nada afortunados; tantas declaraciones apresuradas e irreflexivas; tanta necesidad de aclarar una y otra vez, lo que el funcionario, legislador o candidato realmente quizo decir.
Mal hacemos como sociedad al no exigir de estos políticos una mayor y mejor preparación, una más fina sensibilidad, una percepción más aguda, del mundo que los rodea y al cual pretenden gobernar.
Porque visto está que no se puede gobernar dando palos de ciego aquí y allá, la experiencia así lo demuestra. Así que desde este espacio yo le pediría a los políticos que dejen de gobernar con la novela vaquera en las manos y la mente, así mismo le pediría a la ciudadanía ser más exigentes con los gobernantes. Hay que superar la etapa histórica de separar artificiosamente a los buenos (sociedad civil) de los malos (políticos) porque los últimos han surgido de la primera. Los políticos son el producto de lo que la sociedad es, y si la sociedad permanece sumida en la ignorancia, en la incultura, en la incivilidad, no hay porque esperar que los políticos sean otra cosa; ellos no son sino una expresión más de lo que es la sociedad que les dio origen. No habrá buenos políticos hasta que antes tengamos buenos ciudadanos; no habrá políticos preparados, hasta que la sociedad se prepare a sí misma; no habrá democracia hasta que no haya una sociedad democrática. No se acabará la violencia hasta que dejemos de ser violentos, Nos se acabará la drogadicción hasta que no dejemos de rehuir enfrentar la realidad y tratemos de cambiarla individual y colectivamente. No seremos una sociedad tan débil y vulnerable, tan influenciable y manipulable, hasta que nos fortalezcamos moral y materialmente. No tendremos los políticos que necesitamos (con visión de Estado) mientras sintamos desprecio por nuestra patria, mientas la devaluemos minusvaloremos y la veamos sólo como botín de guerra.
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martes, 13 de diciembre de 2011
martes, 6 de diciembre de 2011
Religión, moral social y sociedad
No es nuestra intención convertir este espacio en un lugar de prédica en favor o en contra de religión alguna, pues no somos ministros de culto, ni fieles de ninguna religión. Pero creo que hay que tocar el asunto de la religión en la medida en que esta influye en la vida económica, política, cultural, moral y social de la sociedad. Se da por sentado que uno de los aportes fundamenlaes de toda religión es proveer un código moral para que los hombres puedan convivir, relacionarse, trabajar, estudiar, comerciar, etc. Un código moral que haga posible la vida en sociedad de manera más o menos pacífica y armónica, y con respeto a los demás. Si en ese sentido la religión falla, entonces realmente de poco sirve la misma.
En el caso de México, como el del mundo occidental en general, la religión cristiana es la religión mayoritaria y hegemónica, y habría que esperar de ella, que fuese capaz de promover una serie de valores morales en el sentido que hemos señalado. Debiera ser capaz de persuadir y convencer a la gente de laas virtudes de su código moral y de las consecuencias positivas que le traería a personas y grupos seguir en sus conducta dicho código moral. Pero desafortunadamente no es así y hemos llegado a una situación de parálisis moral, de relativismo, que esta minando la sociedad y carcomiendo el tejido social. Y si bien la religión cristiana no tiene toda la responsabilidad y culpa de dicho fenómeno, no puede negarse que tiene un alto porcentaje de responsabilidad en tal hecho. Muchaas veces, especialmente el cristianismo católico se ha hecho el disimulado con su responsabilidad de cuidar de su grey, de orientarla y conducirla. Otras, en una actitud defensiva irracional, se ha negado a reconocer los signos de los tiempos y se ha negado a cambiar. Y no se trata, como a veces denuncian los prelados, de que renuncien a sus más caros valores y principios, pero sí a que sepan adaptarse a los tiempos y usen las modernas armas de la comunicación para llegar de manera más eficiente con su mensaje a la ciudadanía, especialmente a aquella parte del pueblo más golpeada en lo espiritual y en lo económico y material que es la más necesitada de apoyo y de una mano solidaria. Como ya anticipabamos en nuestra participación anterior, no basta con ofrecer misas sino que hay que actuar decidida y responsablemente a partir del amor y la corresponsabilidad.Y ahí, el cristianismo católico ha fracasado. Y no es cualquier fracaso, es uno mayúsculo pensando en que la Iglesia Católica tien control directo sobre un número muy grande de escuelas que van desde la preprimaria hasta universidades, así que oportunidades para hacer llegar su mensaje no le faltan, lo que ha fallado es la estrategia, aunque tal vez de lo que se trata es de ausencia de una estrategia de educación y comunicación efectiva. No menos importante, en la determinación de las causas del fracaso del cristianismo son los escándalos producidos por algunos sacerdotes por pederastía, homosexualidad y una ilegítima actividad sexual que produce muchas madres solteras y "sobrinos" que las más de las veces quedan desprotegidos. Con semejantes errores no es difícil explicarse que cada día más fieles se salgan de la iglesia católica a buscar otras alternativas o de plano renuncien a pertenecer a una igesia cristiana. Así que hay que llamar la atención sobre la urgente necesidad de que la iglesia católica y otras evangélicas protestantes no exentas de problemas similares hagan una autocrítica de fondo y se planteen nuevas alternativas de acción tanto en el ámbito de la evangelización, como en le terreno de la vida mundana, dos campose en relalidad inseparables en la vida real.
Considerando la necesidad de una vida espritual para la persona humana, necesidad tan básica e importante como la satisfacción de las necesidades corporales y sociales, el cristianismo tiene que cambiar su actitud. No es negando la realidad, no es ocultando sus graves fallos, no es protegiendo a delincuentes disfrazados de sacerdotes, ministros o pastores, no es asumiendo una actitud conservadora a ultranza, como va a lograr el cristianismo evangelizar y ganar almas. Los cristianos deben imitar a aquellas primeras comunidades cristianas que aun siendo perseguidas y combatidas ferozmente, no renunciaron a llevar su mensaje atendiendo a cuanta persona requirio de su ayuda fuera espiritual o material, fuera o no creyente el solicitante. Es lo menos que se le puede pedir a una iglesia que incluye a más del 90% de los pobladores del país incuyendo tanto a católicos, como anglicanos ortodoxos, protestantes y evangélicos y las nuevas sectas.
Desde una perspectiva laica, sería ideal una moral igualmente laica, en la que quienes tienen religión o carecen de ella tuvieran cabida, pero dado el peso enorme del cristianismo, no se puede evitar que esta religión ejerza su influencia. Lo que hay que evitar es que esa influencia se vuelva tan grande que se convierta en religón oficial, en paradigma único, en moral indiscutible, en verdad absoluta. Un régimen liberal como el que se ha pretendido instaurar en México, requiere una defensa de la pluralidad de pensamiento y creencias, así como de libertad de expresión y difusión, en el marco de esas libertades, bienvenidos los aportes cristianos, igual que los musulmanes, así como de las filosofías ateas. De lo que se trata es de que la sociedad no se nos desmorone entre las manos debido a la pérdida de una moral social. Ésta es hoy muy necesaria para combatir los flegelos de la delincuencia, el narcotráfico, los secuestros, la trata de personas, la violencia en todas sus formas y variantes, la intolerancia, el autoritarismo, la impunidad ... el vacío moral. Sin un talante ético en la sociedad, no queda sino precipitarse en la decadencia y eventualmente la autodestrucción. Así que no se trata de un asunto menor.
En el caso de México, como el del mundo occidental en general, la religión cristiana es la religión mayoritaria y hegemónica, y habría que esperar de ella, que fuese capaz de promover una serie de valores morales en el sentido que hemos señalado. Debiera ser capaz de persuadir y convencer a la gente de laas virtudes de su código moral y de las consecuencias positivas que le traería a personas y grupos seguir en sus conducta dicho código moral. Pero desafortunadamente no es así y hemos llegado a una situación de parálisis moral, de relativismo, que esta minando la sociedad y carcomiendo el tejido social. Y si bien la religión cristiana no tiene toda la responsabilidad y culpa de dicho fenómeno, no puede negarse que tiene un alto porcentaje de responsabilidad en tal hecho. Muchaas veces, especialmente el cristianismo católico se ha hecho el disimulado con su responsabilidad de cuidar de su grey, de orientarla y conducirla. Otras, en una actitud defensiva irracional, se ha negado a reconocer los signos de los tiempos y se ha negado a cambiar. Y no se trata, como a veces denuncian los prelados, de que renuncien a sus más caros valores y principios, pero sí a que sepan adaptarse a los tiempos y usen las modernas armas de la comunicación para llegar de manera más eficiente con su mensaje a la ciudadanía, especialmente a aquella parte del pueblo más golpeada en lo espiritual y en lo económico y material que es la más necesitada de apoyo y de una mano solidaria. Como ya anticipabamos en nuestra participación anterior, no basta con ofrecer misas sino que hay que actuar decidida y responsablemente a partir del amor y la corresponsabilidad.Y ahí, el cristianismo católico ha fracasado. Y no es cualquier fracaso, es uno mayúsculo pensando en que la Iglesia Católica tien control directo sobre un número muy grande de escuelas que van desde la preprimaria hasta universidades, así que oportunidades para hacer llegar su mensaje no le faltan, lo que ha fallado es la estrategia, aunque tal vez de lo que se trata es de ausencia de una estrategia de educación y comunicación efectiva. No menos importante, en la determinación de las causas del fracaso del cristianismo son los escándalos producidos por algunos sacerdotes por pederastía, homosexualidad y una ilegítima actividad sexual que produce muchas madres solteras y "sobrinos" que las más de las veces quedan desprotegidos. Con semejantes errores no es difícil explicarse que cada día más fieles se salgan de la iglesia católica a buscar otras alternativas o de plano renuncien a pertenecer a una igesia cristiana. Así que hay que llamar la atención sobre la urgente necesidad de que la iglesia católica y otras evangélicas protestantes no exentas de problemas similares hagan una autocrítica de fondo y se planteen nuevas alternativas de acción tanto en el ámbito de la evangelización, como en le terreno de la vida mundana, dos campose en relalidad inseparables en la vida real.
Considerando la necesidad de una vida espritual para la persona humana, necesidad tan básica e importante como la satisfacción de las necesidades corporales y sociales, el cristianismo tiene que cambiar su actitud. No es negando la realidad, no es ocultando sus graves fallos, no es protegiendo a delincuentes disfrazados de sacerdotes, ministros o pastores, no es asumiendo una actitud conservadora a ultranza, como va a lograr el cristianismo evangelizar y ganar almas. Los cristianos deben imitar a aquellas primeras comunidades cristianas que aun siendo perseguidas y combatidas ferozmente, no renunciaron a llevar su mensaje atendiendo a cuanta persona requirio de su ayuda fuera espiritual o material, fuera o no creyente el solicitante. Es lo menos que se le puede pedir a una iglesia que incluye a más del 90% de los pobladores del país incuyendo tanto a católicos, como anglicanos ortodoxos, protestantes y evangélicos y las nuevas sectas.
Desde una perspectiva laica, sería ideal una moral igualmente laica, en la que quienes tienen religión o carecen de ella tuvieran cabida, pero dado el peso enorme del cristianismo, no se puede evitar que esta religión ejerza su influencia. Lo que hay que evitar es que esa influencia se vuelva tan grande que se convierta en religón oficial, en paradigma único, en moral indiscutible, en verdad absoluta. Un régimen liberal como el que se ha pretendido instaurar en México, requiere una defensa de la pluralidad de pensamiento y creencias, así como de libertad de expresión y difusión, en el marco de esas libertades, bienvenidos los aportes cristianos, igual que los musulmanes, así como de las filosofías ateas. De lo que se trata es de que la sociedad no se nos desmorone entre las manos debido a la pérdida de una moral social. Ésta es hoy muy necesaria para combatir los flegelos de la delincuencia, el narcotráfico, los secuestros, la trata de personas, la violencia en todas sus formas y variantes, la intolerancia, el autoritarismo, la impunidad ... el vacío moral. Sin un talante ético en la sociedad, no queda sino precipitarse en la decadencia y eventualmente la autodestrucción. Así que no se trata de un asunto menor.
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